Una de las últimas noches que pasé en Gili Trawangan me perdí en medio de la selva, sola, absorbida por una oscuridad densa y aterradora.

Gili T es conocida por sus fiestas y yo he venido a trabajar, no a bailar (hasta que me invitan)

Era el cumpleaños de Natalie, la manager del hostel donde trabajé a cambio de alojamiento. No solo era su cumpleaños, también celebraban un año más de vida otras dos personas, que nunca conocí a pesar de haber asistido a su fiesta. Toda la isla hablaba de esa reunión, incluso había gente que decía tener miedo de lo que sucedería. Eso siempre es un buen augurio.

Amy-en-bici-por-Gili-T

Yo no estaba invitada hasta que fui a ver el sunset con Amy, una amiga inglesa cuya hermana se enamoró de un peruano y ahora vive en Huanchaco. Esa coincidencia nos hizo conversar desde el primer día en el que nos conocimos. La ayudé con algunas fotos para su negocio y me invitó a pasear en bicicleta por los alrededores de Gili T. El sunset, unas Bintang –la única cerveza local- y una buena conversación la animaron a invitarme.

“Tienes que venir esta noche, solo debes traer una botella de lo que quieras tomar. Te espero en mi casa a las 8:15pm ¿Te acuerdas cómo llegar? Ah sí, trae tu bikini es pool party”

Respondí sí a todo.

Amy-y-yo-en-Gili-T-sunset

Yo había ganado alrededor de 40$ en mi primera y única – hasta ahora- sesión de fotos y juré ser responsable con mi primer sueldo. Hasta me da risa escribirlo.

Me puse el único vestido playero decente que tengo, me ricé las pestañas, porque no traje ni rímel y esa fue toda mi producción. Averigüé lo que tomaba Natalie y compré una botella de gin -yo no tomo gin- pero me pareció lo más educado y adecuado llevar lo que la cumpleañera disfrutaba. Además compré un six pack de agua tónica e incluso me aseguré de tener limones. 20$ costó la gracia así que en unos minutos ya había gastado la mitad de mi presupuesto. Puse todo en la canastita de mi bicicleta alquilada y me enrumbé a la casa de Amy.

Para que tengan una idea de lo desubicada que soy en mis épocas de reportera policial salía con un mapa de Lima que había impreso y coloreado por distritos y cuando dejé de trabajar en prensa me permití olvidarlo. Cuando daba referencia sobre puntos de encuentro a mis alumnos, terminábamos todos perdidos y nunca me pareció importante diferenciar la Javier Prado de la Vía Expresa.

Entonces, claro, nunca llegué a la casa de Amy. Eran las 9pm cuando creo que por fin llegué a su casa, pero como era de esperarse ya no había nadie. Resignada, cabizbaja y con mi canastita llena de diversión, empecé a pedalear hacia mi casa. De pronto reconocí a una amiga de las chicas, me acordaba su nombre porque es mi tocaya, así que grité:

-¡¡¡Deniseee!!!!

Y ella muy entusiasmada dijo:

– ¡Hey! ¿Vas a la fiesta? Acabo de salir de trabajar, estamos tarde, sígueme!

Feliz por el oportuno encuentro, Denise – con una s- me guió por el buen camino.

Nos encontramos con Natalie y sus amigos que estaban tomando unas cervezas, esperándonos para empezar la travesía. Éramos más de 15 personas en bicicletas, alumbrados por celulares y manejando selva adentro. La fiesta era en una casa alejada de la playa, en el medio de la isla. Muy pocos sabíamos a dónde íbamos pero pedaleábamos felices con nuestras canastas llenas de trago.

Llegamos a la fiesta y estacionamos. La casa era gigante, techos altos, una cocina de aquellas y una piscina larguísima. Había una comisión de 10$ para entrar –sí, en este punto ya solo me quedan 10$ de sueldo- La gente que me conoce sabe que no tomo otra cosa que no sea cerveza, pero como buena pobre, acepto gustosa lo que hay. Destapamos, bailamos, brindamos, conversamos y cerca de las 2am llegó a mi cerebro la frase: “Denisse, es momento de irse a dormir” Los que me conocen también saben que cuando algo se me mete en la cabeza y tengo un par de tragos encima, lo hago a toda costa. Pensé que una vez en Asia la responsabilidad anularía esos malos hábitos pero estaba equivocada.

Empecé a preguntarle a toda la fiesta ¿Ya te vas? Y la gente me miraba con cara de “esto recién empieza” de pronto la gente empezó a animarse más y escuchaba frases como “…de aquí no nos movemos hasta el amanecer” No podía creerlo, no iba soportar despierta cuatro horas más ¿Ahora cómo diablos salgo de aquí? Le pregunté a todas las chicas que conocía ¿Es seguro regresarse sola? “Sí, claro, siempre me regreso sola, no te va a pasar nada, la gente por aquí es buenísima. Esta isla es segura”

Entonces salí decidida a llegar a mi cama. Ubiqué mi bicicleta y en la puerta me encontré con una amiga -no me acuerdo su nombre- pero me dio direcciones para llegar a mi hostel.

“Es fácil. Vas todo de frente, doblas a la derecha en la primera luz que veas, sigues 15 minutos y cuando no puedas avanzar más, doblas a la izquierda, luego derecha y verás la playa a tu izquierda” o algo así….

Ella se refería que el camino terminaba y ahí debía voltear pero en mi lógica citadina y poco sobria pensé que “no puedes avanzar más” se traducía en vas a ver una pared. Pero claro, estaba en el medio de la selva y no iba a encontrar ninguna pared. Había llevado una linterna para la cabeza que no alumbraba más que mi rueda delantera y los primeros diez centímetros de camino. Seguí pedaleando, doblé en la primera luz e inmersa en la oscuridad total empecé a avanzar. Nunca me di cuenta cuando el camino terminó, seguí de frente hasta unos rosales –según yo- y una bajada empinada me obligó a levantar las piernas para no rasparme más con las espinas. El camino se volvió lodo, las plantas cada vez eran más altas y cualquier señal de trocha había desaparecido. En vez de salir, estaba entrando cada vez más a la selva. Sin duda estaba perdida.

Los que conocen la selva, saben que lo único que se puede percibir en la noche en esa oscuridad es el sonido de miles de bichos “hablando” al mismo tiempo.

Al fondo, identifiqué una pequeña y única luz, hasta la cual decidí llegar para pedir ayuda. Era un hotel grande, con bungalows apagados, todos dormían. Fui a la recepción y no encontré a nadie. Pasé por la piscina y se levantó un señor, imagino que el guardián del hotel y me dijo algo en bahasa –idioma de indonesia- Lo único que sé decir es arroz frito y “Hola, cómo estás” = “Halo, Apa Kabhar? A lo que él respondió “bike”= “bien” y siguió hablándome como si yo lo entendiera. Imagino que decía algo como, “no puedes estar acá”, pero nunca lo sabré. Le hice señas, le decía que no le entendía y que estaba perdida. El hombre me seguía hablando y lo único que se me ocurrió fue llevarlo hasta la puerta para que vea mi bicicleta y sepa que necesitaba regresar al camino.

Le empecé a preguntar, vocalizando cada palabra:

– Do you know where is the beach?

En su cara una sonrizota y su cabeza de derecha a izquierda, una y otra vez, repitiendo no.

– Ocean? Sand? Sea? Fish? Mar? Océano? Arena? Playa? Pescados? Camino? Way?

Y el hombre –sin dejar de sonreír- seguía diciendo que no me entendía con la cabeza.

Entonces empecé a hacer mímicas. Con las manos hacia olas, luego me puse a “nadar” estilo libre, luego pechito, espalda, casi hago mariposa.

El hombre seguía sonriendo y haciendo no con la cabeza. Para mi era incomprensible que no me entienda ¡Soy buena en charada!

Así que empecé a repetir: “Ocean – Océano – beach – playa – sea – mar”

No había ninguna otra luz alrededor, tenía que jugar todas mis cartas. Hice 1 con la mano, para decirle que iba a empezar de nuevo mi historia mímica. Di unos pasos silbando, como si caminara hacia algún lado, hago el gesto de llevar una mochila al hombro, me hago la sorprendida, he encontrado “la playa” y señalo el océano haciendo olas con la mano, abro mi mochila y saco mi pareo invisible, lo extiendo sobre la tierra y abro una sombrilla imaginaria, me pongo bloqueador inexistente y mis lentes de sol. Sin obtener una respuesta, me pongo a nadar.

El señor, con su sonrisa impresa, me sigue repitiendo que no. Ya frustrada empecé a añadirle lisuras “¿Dónde –por la puta madre- está la playa?”

En medio de esa oscuridad ya no tenía idea cómo regresar a la fiesta, ni donde diablos estaba el camino. Después de varios minutos de charada, me rendí y le agradecí por haber sido un público risueño y atento “Terama Khasi” y ya sobria y asustada, me subí a mi bicicleta rumbo a triturarme las piernas con lo que según yo eran rosales. Avancé unos metros y el hombre empezó a gritar algo que nunca entendí. Volteé emocionada. Empezó a señalar enérgico con su linterna un camino. Debe haber gritado algo así como “¿A dónde diablos vas? ¿Estás loca? por ahí no llegarás a ningún lado”

Entonces, redireccioné mi bicicleta hasta el lugar alumbrado. Él muy risueño me hacía adiós con la mano. Seguí avanzando, no tenía idea hacia donde me llevaba esa trocha. Hasta que 5 minutos de pánico después, pasó una carreta a caballo”

Como ya les había contado es Ramadán, la gente local cierra sus negocios muy temprano y siendo casi las 3am era un milagro cruzarme con un caballo.

¡Ahí hay un camino! Tengo que seguir ese caballo. O va a su casa a dormir o a la playa, había que tomar el riesgo. La otra opción era quedarme a esperar el amanecer y yo quería dormir.

Sin ver nada y ya absolutamente sobria avanzaba lo más rápido posible para no dejar de escuchar el cascabeleo de las sonajas que llevan colgadas todos los caballos de la zona. Esa carreta me llevó a las luces, lo que indicaba que mi destino estaba cerca. Cuando salí por fin a la costa, la vía principal que bordea toda la isla, me di cuenta que estaba lejísimo de mi hostel, había salido por el otro lado de Gili T, pero felizmente solo era cuestión de rodearla. Casi una hora después de pedalear llegué a mi hostel y empecé a aplaudir sola y a jurar que nunca más me aventuraría sola por la selva.

Desayuno-Gili-Hostel-T

Me moría de hambre –mi poco dinero hace que coma dos veces al día- para ese entonces solo tenía en el estómago el panqueque y un par de pedazos de sandía desde el desayuno y litros de gin. Decidí premiarme con algo de comer. Estacioné mi bicicleta y me fui en búsqueda de alimento. Todo estaba cerrado y los únicos que quedaban despiertos me ofrecían hongos y yo respondía con “No, no mushroom, food, I need food” Todos volvían a hacer la del señor sonriente, un rotundo no con la cabeza. Decidí seguir mi olfato –ya no podía volver a perderme- hasta que encontré por fin a una señora que vendía hamburguesas.

¡¡¡Hamburguesas!!!

Le pedí dos y me las comí como si fueran un par de siu mais. Regresando a mi hostel me crucé con un señor que cocinaba choclos a la parrilla. Los he visto desde que llegué a la isla y hasta ese momento mi ajustado presupuesto no me permitía darme el gusto. Decidí que era el momento perfecto para hacerlo, celebrar la vida con maíz. Le pedí que lo unte con mantequilla y ajo –también tiene un versión dulce, pero ya conocen el dicho: “borracho que come miel, pobre de él”- y me fui feliz comiendo mi choclo calientito hasta mi cuarto. Un mal paso hizo que mi choclo rodara un metro de pendiente sobre la tierra. Lo recogí y me lo terminé sin importar los pedacitos de tierra y caca de caballo que seguro había en el pavimento. Todavía tenía sabor a ajo.

Al día siguiente me desperté con la peor resaca que uno podría experimentar. Fui directo a mi billetera y me quedaban 2$ de sueldo ¡Palmas para Denisse, hoy comes mixto con plátano! Corrí al estacionamiento de bicicletas y felizmente estaba ahí, sin cadena de seguridad porque la perdí en medio de la selva, llena de barro y plantas en los pedales, pero completa y en la canasta un limón.

Me sentí protagonista de la versión solitaria y asiática de la película “Dude, where is my car?” que esta vez se traduciría en “Broder ¿Dónde está mi bicicleta?”

Para ahorrarme futuras pérdidas y por si algún día les pasa algo similar, playa en bahasa se dice pantai. Océano es lautan, mar = laut y arena se dice pasir.

La pregunta correcta era: Dimana pantainya?

Cómo no se me ocurrió.

Dori en cartel Gili T

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