Me propuse a escribir sobre la estabilidad emocional cuando me encontraba –aparentemente- tranquila, relajada, disfrutando de todos los pros que te brinda una aventura. Tenía una cabaña donde dormir, una cafetería donde comer, un centro de buceo donde bucear, no tenía de qué preocuparme, había automatizado mi rutina. Pero todo cambió la noche que compré el pasaje a Borneo.

Para entrar en contexto, desde hace algunos años, la ansiedad –en ciertas circunstancias- me sobrepasa. Me dan ataques de pánico y cuando se junta con su “broder” la depresión, pueden mantenerme inamovible durante días postrada en mi cama en completa oscuridad esperando que la vida pase o que la muerte llegue. He ido a terapia, he tomado ansiolíticos, he tenido periodos de crisis y también días o meses donde creía haberlos vencido para siempre.

Desde que empecé este viaje todo fue maravilloso. Llevaba cinco meses sin ansiedad, sin depresión, me sentía estable emocionalmente y pensé que tal vez los había vencido u ocultado para siempre. Hasta que llegó esa noche en la que compré este pasaje a Borneo. 

Algo me resonó, todavía no identifico qué fue, pero empecé a tener todos los síntomas de un ataque de ansiedad. El corazón acelerado, la respiración entrecortaba y no había nadie alrededor a quien pedirle ayuda. Me senté, respiré hondo, empecé a repasar todos los pros de encontrarme en este viaje para tratar de tranquilizarme pero fue inútil, era inminente, estaba inmersa en un estado de pánico.

Bombardeé de audios a una amiga psicóloga, terapeuta, en la que confío mucho y me respondió:

“No me suena nada extraño o distinto a tus paltas de siempre. Quizás puedas ir mirando más allá de las circunstancias actuales. Creo que este cambio (salir de mi cabaña en la isla Perhentian y aventurarme en la incertidumbre de Borneo) es el desencadenante de otras cosas. Podría ser que este cambio superficial está moviendo otras profundidades”

Después de una conversación larga de la cuál no daré detalles ella terminó con un:

“(…) estás volviendo racional algo que es afectivo. La teorización te aleja de lo que te pasa, del afecto y de todo lo que trae consigo”

Entonces sin todavía tener claro qué sucede, ni cómo resolverlo -obvio, porque no sé qué sucede- voy a intentar comunicarlo desde el plano afectivo.

Tengo miedo. Tengo miedo a perder el control, a perder el poder sobre mi y sobre las circunstancias de este viaje. Tengo miedo que se acabe esto que tanto soñé. Tengo miedo a verme y sentirme vulnerable.

Sin embargo en estos meses me he enfrentado -repetidas veces- con la pérdida. Desde el punto de vista del psicoanálisis, he propiciado estas pérdidas. O sea quiero controlar, tener el poder sobre la pérdida, me explico “Como tengo miedo a que me roben, mejor dejo mi cámara sobre la cama y así ejerzo control sobre el robo, yo lo facilito” Sí, suena extraño pero ¿te resuena?

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Una amiga dice que soy “la chica con estrella” y yo lejos de sentirme halagada me incomoda un poco, porque estoy convencida que todos hemos nacido con estrella y que depende exclusivamente de uno iluminarla o no. Yo he trabajado y trabajo todos los días para pintarla de amarillo. Todos esos trazos, esos huecos, todo eso es producto de mi esfuerzo. Cada pedazo de mi estrella ha sido rellenado con mis experiencias, decisiones, cada borrón son mis errores, que brille con poca o mucha intensidad es mi energía actual y cada día –con más o menos ganas- me parto el alma para que mi estrella funcione. Muerta de miedo, con la mano temblando, saliéndome de la línea, pero ahí está, ese mamarracho es mi estrella y la quiero.

Cuando me dicen, “si yo pudiera haría lo mismo que tú pero tengo un trabajo”. Les aclaro que yo también tenía uno (bueno, dos) y renuncié. “Es que no tengo la plata”. Yo tampoco la tengo, aquí trabajo de lo que sea a cambio de un techo o un plato de comida. “Es que, es que, es que….” es que no te atreves chochera, es que tienes miedo y ese miedo te está paralizando, como me está pasando ahora a mí. Acéptalo, aceptémoslo, tenemos miedo.

Cuando me dicen “qué suerte tienes” me da un poco de rabia. A mi nadie me regaló este pasaje a Asia, ni me lo gané en la tómbola de la embajada China, lo compré con trabajo y me costó mucho. Recuerdo que tuve que pedir compañía para comprarlo porque no me atrevía. Cuando llegó la confirmación del pasaje a mi correo dije: “Qué horrible” y mis acompañantes me preguntaron extrañadas “¿Por qué?” y como no supe explicarlo, me retracté, pero la sensación no era linda. “Ay qué bonito me voy de viaje por el mundo”, no. Sentí que me tiraba a un precipicio. Acto seguido caminé llorando por todas las calles de Miraflores como si se me hubiese muerto alguien. Estaba aterrada, pero aún así con todo ese miedo, lo hice, porque mi deseo de conocer, de explorar, de intentarlo era más grande.

Tuve un día de catarsis. Luego quedaba trabajar, vender todas mis cosas y dejar de pensar, ya había comprado el pasaje. Desde que salí de Lima he tenido la posición de súper héroe y me olvidé de pensar en mí, en mi lado vulnerable, en los problemas que no resolvió subirme a un avión, en eso que cargo conmigo y que no fue necesario guardar en mi mochila. Tratar de taparlos me ha salido caro. Hoy ese miedo me ha paralizado tanto que hace tres meses no me viene la regla (y no, no existe posibilidad de estar embarazada) hormonalmente estoy desequilibrada y es la primera vez que vivo un desbalance de este tamaño, una contención de emociones monumental.

Tengo tanto miedo que me dan calambres en las piernas por las noches, como cuando estaba a punto dar el examen de admisión para ingresar a la Universidad. Estoy tan estresada que ya casi no siento los hombros, una tensión que pensaba solo me daba el último día de clases cuando cerraban registros y yo no había corregido exámenes. Se me ha paralizado la mitad del cuello, como cuando a mis 29 añazos –por primera vez- me invitó a salir un chico que realmente me interesaba. Estoy tan susceptible que se me desbordan las lágrimas. Estoy tan inmersa en el pánico como cuando mi psicóloga me derivó al psiquiatra por que “Denisse, así no podemos avanzar”

Entonces cuando la gente me imagina encima de una colchoneta inflable, flotando en un mar turquesa con un coco en la mano, les aclaro que no estoy de vacaciones. Yo he decidido vivir de viaje, hacer de esto mi profesión, mi futuro e inevitablemente esto implica un recorrido interno y el encuentro con uno mismo es feroz. Resolverte es conflictivo y da más miedo que fotografiar tiburones.

Hay días en que ese miedo nos gana, nos aplana, y eso me está sucediendo ahora. Estoy congelada -en todos los sentidos- pero me repito a cada hora, el miedo solo significa que hay un reto frente a ti y eres capaz de resolverlo. ¿Soy capaz? 

Soy una persona miedosa pero creativa y voy a usar ese miedo a mi favor. Soy desordenada, indisciplinada, perezosa pero apasionada y voy a usar esa pasión como arma para levantarme de la cama. Soy ansiosa y depresiva pero tengo más ganas de vivir que de morir, así que voy a usar esa fuerza –que parece diminuta- para dar pasos pequeños. Como todavía no me provoca salir a caminar y mi cuerpo además se ha enfermado (felizmente solo un resfriado), hoy he decidido que voy a abrir mi computadora y escribir desde la emoción, sin juzgar si está bien o está mal o si tiene sentido o no, sin miedo a perder.

Voy a empujar esta aventura hasta donde llegue, quiero aceptar (que va más allá de comprender) que está bien si esta decisión no me lleva a ningún lado, que está bien si me lleva de vuelta a casa antes de lo pensado, que está bien si no logro bucear todos los océanos o dar la vuelta al mundo. Que está bien lo que hago, que está bien haberlo intentado, que está bien si fracaso, que está bien tener miedo, que está bien perder y sobretodo que está bien sentir y encontrarme vulnerable.

En estos días intentando descifrar cómo salir de este estado de pánico, he leído sobre el miedo (sí, otra vez teorizando el sentimiento) y encontré una frase que me gustó mucho: 

“el miedo no se quita, no es una mancha”.

Y como hay que tomar hasta los malos momentos con humor, aunque mi psicóloga insista en que es un mecanismo de defensa para evitar sentir -qué curioso- creo que estas líneas se resumen en una frase que una amiga me dijo hace poco: 

“Ay Sotomayor, te la quieres dar de India Jones pero te sale lo de Bridget Jones”  

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