Espero que estas líneas no se malinterpreten y que la comunidad mochilera no me apedree. He sido mochilera y lo he disfrutado mucho. He viajado como una por el Perú -sola y acompañada- y también en grupo por Ecuador y Brasil. Recorrer la costa de Ecuador hasta Colombia fue mi primer viaje internacional con mochila al hombro, poquísimo presupuesto, tanto que marcábamos la botella de agua con un plumón para no tomar más de la cuenta. Éramos tres amigas, tres viajeras que nacían al cruzar la línea que divide el mundo. Tres aventureras que se enrumbaban en un país desconocido sin mapa y sin plata. Escogíamos nuestros paraderos sin investigación previa (no estaba de moda “googlear”) seleccionabamos el lugar porque se veía bonito desde la ventana del bus y decíamos “esquina baja”. Recuerdo una elección en particular, fue por el nombre del pueblo, porque sonaba muy alegre, su nombre era “Jipi Japa” y nos sonaba a “Jai jai jipi” e imaginábamos a toda la comunidad sonriente y bailarina. Nada más alejado de la realidad, no duramos más de dos horas en dicho lugar.

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Brasil fue un viaje colectivo, casi en masa. Ocho personas, siete mujeres y un hombre, que no sé cómo no se volvió loco, nos enrumbamos en una experiencia llena de anécdotas y risas. Empezamos en el norte, en una isla llamada Joao Fernandez en Salvador de Bahía y bajamos hasta Río de Janeiro, durmiendo en estaciones de bus y tomando tours en velero “all you can drink”. La ruta fue ordenada pero el error fue terminar en Rio, para ese entonces ya habíamos gastado todos nuestros reales y resultó ser el lugar más caro. Debíamos elegir si comer o ir de fiesta, la fiesta siempre ganaba.

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En este viaje, el más largo y lejano que hasta la fecha hice en solitario, me he alejado de la fiesta (excepto por un par de noches en las Gili), evito las masas, la ruta convencional, el lugar turístico, lo que hay que ver y conocer. Me guio por mi instinto, por lo que me recomiendan los locales y no he leído ni una Lonley Planet, aunque a veces siento que sería buena idea. Nunca fui muy sociable y ahora me da una flojera infinita empezar a serlo, me encanta tener la opción de entablar una conversación cuando realmente quiero y despedirme y dejar de hablar por días, hasta que mi condición humana me exige intercambiar palabras ¿Me habré vuelto una ermitaña o mis casi 30 me han convertido en un alma anciana y antisocial?

Otro punto a tener en cuenta es que no me gusta moverme mucho, cargo un exceso en equipaje y busco la estabilidad semanal o mejor si es mensual. Cuando llego a un lugar me demoro en empezar a recorrerlo, por ejemplo llevo un mes en esta isla y me tomó semanas cruzar el puente, lo hice cuando me vi obligada a comprar shampoo y pasta de dientes. El puente queda literalmente a 30 pasos de mi y tiene las dimensiones de un puente peatonal cualquiera, pero mi espíritu explorador no le gusta ser presionado, se toma su tiempo. Otro ejemplo: a la espalda de mi playa hay otra playa a la que muchos turistas van, el camino empieza justo atrás de mi cabaña y todos los días doy instrucciones para que la gente pueda llegar, son 25 minutos caminando pero nunca he ido, sé que lo haré antes de partir pero todavía espero la mañana en la que despertaré con ganas de hacerlo, me pondré mis zapatillas de trekking y me enrumbaré en medio del monte tropical para conocer esa dichosa playa. Tiempo me sobra.

Además de mi gusto por la soledad, mi reposado espíritu aventurero, incumplo con todo el decálogo del mochilero. Aquí los tres puntos más importantes.

Regla mochilera #1: Viajar ligero. Debo confesar que este punto sí me genera mucha envidia y estoy trabajando para reducir el peso que llevo sobre mi espalda. Mi mochila pesa 17 kilos, cargo todo mi equipo de buceo y casi no me queda espacio para ropa. En la otra mochila cargo todo mi equipo fotográfico de tierra, la computadora, el iPad y se le suma la cámara submarina, el case subacuático, el flash que uso bajo el agua y el rack y brazos para armar mi equipo de registro marino. Ah sí, el trípode, las baterías de repuesto, los filtros, el adaptador angular para mi case submarino y un largo etc. Mejor ni te digo cuánto pesa esa segunda mochila.

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Regla mochilera #2: No volver nunca al mismo lugar. Eso te permite ahorrar y conocer la mayor cantidad de países. Mi ruta desde que empecé ha sido Indonesia, Malasia, Indonesia, Malasia, Singapur, Indonesia, Singapur, Malasia. Elijo mis destinos si hay lugares para bucear o si tiene fauna grande, por ejemplo en dos semanas parto de esta isla con el objetivo de bucear con tiburones más grandes y conocer orangutanes. Opto por un lugar si hay alguna historia para escribir o persona para entrevistar y me preocupo porque sea un espacio con la menor cantidad de turistas posible, y si tengo que regresar, regreso. No estoy apurada y mi meta no es conocer “la mayor cantidad de países”, es disfrutar la experiencia, coleccionar recuerdos sobre y bajo el mar.

Regla mochilera #3: Sigue los consejos y rutas de otros mochileros. No pues, no. Hay muy pocos mochileros buzos y si conocen algunos, pásenme el dato. Y muy pocos destinos de buceo para mochileros, entonces tengo que hacer un mix en la información, un híbrido de travesía, encontrar el equilibrio o simplemente aventurarme a ver qué pasa.

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Existen muchos buzos que recorren el mundo trabajando en dive centers. Se hacen instructores y eligen las temporadas altas para trabajar e ir moviéndose. Es una buena opción, el camino más fácil pero no me nace seguirlo, ni convertirme en instructora, mi certificación de Divemaster está perfecta. Puedo guiar a gente certificada, lo que me garantiza que voy a bucear, no que voy a quedarme en un punto bajo el mar repitiendo ejercicios. Gano mucho menos pero disfruto más. También prefiero ir a un centro de buceo en temporada baja –como lo estoy haciendo ahora- así ya no hay muchos instructores, entonces necesitan un Divemaster. Lo que busco no es generar dinero es tener la oportunidad de bucear con menos personas, me gusta ver peces, no burbujas. Además no tengo que lavar tantos wetsuits, puedo aprovechar los momentos libres para fotografiar y tomar cafecito por las tardes en una playa paradisiaca y casi vacía.

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Ni mochilera, ni instructora de buceo. Ni chicha, ni limonada.

Tal vez lo que comparto con un mochilero, además del elemento que almacena nuestra ropa, es viajar con poco presupuesto, no pagar tours, tratar de conocer a fondo la cultura local y quedarme en hostels, aunque si puedo evitarlo, lo hago sin dudar o si puedo pagar un cuarto privado –como lo hice en Malaca- seré ermitañamente feliz. No comparto el espíritu, esa creo que es la razón principal, no me siento mochilera.

Llevar una mochila no te hace ser mochilero, así como viajar no te convierte de inmediato en un viajero. Tal vez soy una forastera, una nómade solitaria, una viajera en búsqueda de historias, una fotógrafa tratando de re-encuadrar su mente y sus imágenes, una profesora que quiere volver a ser alumna y busca conocimiento en la ruta, una periodista con bajo presupuesto o un simple ser humano en búsqueda de estabilidad emocional. O tal vez soy todo eso junto y revuelto.

En cualquier caso, no importa la definición, sino la intención con la que viajas y yo no lo hago con ganas de mochilear, eso -por más que lo disfrute- lo dejo para otro momento.

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