En un año viajando sola por Asia he conocido 7 países y 22 ciudades. Lugares, religiones, costumbres, orangutanes, tiburones y mantarrayas. He pasado 200 horas bajo el mar pero lo más importante es que durante más de 300 días estuve conmigo y conocí una versión más bonita de mi.

En este auto-aniversario quiero compartirles todo lo que aprendí desde el día que despegó mi avión el 31 de Mayo de 2016.

1.Desprendimiento (Casi nivel sayajin): Empecé mi viaje perdiendo y parece que esa sería la enseñanza de la travesía: dejar ir. 

A los dos meses de viaje, me robaron la cámara de fotos submarina, computadora de buceo, IPod, entre otras cosas.Un mes después, cruzando el puente que une Nusa Lembogan con Nusa Ceninga en Indonesia, mi cámara de fotos profesional volaría por los aires y luego de 15 metros de verticales pilotes de puente, caería al mar. Solo habían pasado 3 meses y ya me había quedado sin herramientas de trabajo y eso ponía en riesgo el viaje. Palmas.

Después de conversar conmigo y un helado de chocolate, entendí que solo quedaba encontrar una solución. Al día siguiente creé una tienda virtual y una campaña para recuperarla. La respuesta fue alucinante. No solo me di cuenta que hay mucha gente que me quiere sino que creen en este proyecto y les gusta mi trabajo. Eso te llena de energía para no rendirte. Gracias a esa campaña pude comprar la misma cámara una semana después de lo sucedido y escribí “Todo lo que ganas cuando pierdes” 

La cámara grande es más difícil de recuperar, entonces la dejé ir y aprecié tener menos peso en la mochila. La mayor parte de mi viaje he fotografiado con una cámara compacta, que por ser de tamaño pequeño es menos invasiva y su lente fijo me ha obligado a estar más cerca de mis fotografiados, creando vínculos. Además me he demostrado que soy capaz de hacer buenas fotos con lo que tengo.

2. Enfrentar miedos: Salí de casa con 900$ y mil miedos. Miedo a que me roben la cámara, quedarme sin herramientas de trabajo o sin plata. Perder mi disco duro, enfermarme, tener un accidente o que muera alguien cercano.

Todo eso pasó.

Me robaron una cámara, se me cayó la otra al mar y mi disco duro al piso. Tuve un accidente en moto en Tailandia, pasé año nuevo y mi cumpleaños en la posta médica de un monasterio en Myanmar. Cuando vivía en una cabaña en Papua, en el sitio más lejano y solitario en el que estuve en toda mi vida, falleció un familiar. En un año el destino me puso a prueba. El resultado es que me siento más fuerte y capaz de mucho. Todas esas pruebas las resolví sola, con un helado de chocolate y una dosis de ansiedad, creatividad y buen humor. 

 “Ningún mar en calma hizo experto a un marinero”

3. Re-enfocar: Así como para hacer una fotografía uno elige qué ver y qué dejar fuera de su encuadre, en mi vida cotidiana he aprendido a enfocarme en lo que puedo hacer, en lo que es posible y dejar de pensar en lo que no tengo.

No puedo alquilar esa moto acuática o ir a esa excursión o sentarme en ese restaurant que se ve tan lindo y cómodo pero puedo ver el mismo atardecer.

 4. Autoconocimiento: Soy más tímida de lo que pensé, menos fiestera de lo que imaginé y disfruto mucho la soledad –y una cerveza helada- Me encantó descubrir que soy feliz con poco, he comprobado que ver el mar me da calma, que caminar al aire libre me hace bien, que bucear me quita la ansiedad y el sol me ayuda a salir de la depresión. He encontrado mi fórmula. 

Siempre me costó mucho trabajo tomar decisiones, pero durante un año he tenido que hacerlo todos los días. Algunas simples, otras más complejas ¿Qué camino tomar? ¿Derecha, izquierda o de frente? ¿Cuál es mi siguiente destino? ¿Hoy o mañana? una maratón mental de decisiones. Hoy siento a mi instinto más poderoso, confío más en mi y eso es lindo para el autoestima.

Confirmé que me gusta vivir lento pero -a veces ya me paso de lenta- y me aplatano. Para esos casos he aquirido más recursos y ganas de obligarme a salir de esas zonas de confort.

Durante mis 30 años he vivido apurada pero no me gusta y ahora puedo ver que nunca me gustó sentirme así. ¿Porqué habría que conservar esa conducta? Ahora llego 4 horas antes a los aeropuertos.

Soy consciente que valoro la privacidad, casi como un tesoro submarino y necesito un mínimo de limpieza en el cuarto y baño –en Asia es un problema- y estoy dispuesta a pagar por eso, así mi presupuesto esté en rojo. Puedo ser “roots” pero no tanto. Eso me ayudó a conocer qué tipo de viajera quiero ser, cómo me gusta/gustaría viajar y me he propuesto conseguirlo.

5. ¡Aprendí a comer!

Confieso que soy muy aventurera para muchas cosas pero una pesada para la comida. Comía por colores y sonidos, sí, como lo lees. No comía nada de color verde, excepto palta y alcachofas, nada más. Imposible lechuga, espinaca, pepino, brócoli. Evitaba todo con apariencia de planta, coliflor entraría en el grupo porque parecen mini árboles. Nada que suene demasiado en la boca, o sea la cebolla y el apio son mis enemigos número uno. Me molestan más por su sonido que por su sabor. 

Por ejemplo, solo puedo comer cebolla con atún si es que tengo unas galletas de soda –que suenan más que la cebolla- pero cuando en los cumpleaños le meten apio al pan con pollo, me indignaba. 

Comía por colores. Me gustaban los colores cálidos: amarillo, naranja, rojo y me llevo mal con las verduras o frutas de colores fríos: verde, morado, azul (aunque no sé si hay verdura azul)

Te reto que cuando vayas a Asia separes “el verde” en tu Nasi Goreng (arroz frito) Amiga/o, te quedas sin comer ¡Qué cantidad de verdes le pueden poner a sus platos! No te voy a negar que al principio los separaba pero luego tenía hambre y no me quedaba otra ¡Mamá (y ex – nutricionistas) ahora me gusta el verde! Y ¡Pruebo! Antes no probaba nada, en este viaje me han invitado las comidas más raras o he pedido sin tener la menor idea de lo que van a traer y he sido feliz.  

6. Evolución profesional: Es indispensable ser buen buzo para ser fotógrafa submarina. Ese era uno de mis objetivos del viaje y lo logré. Conseguí trabajos temporales en centros de buceo para poder ir al mar todos los días. Así, poco a poco, en un año conseguí entrar al mar 200 veces. Repetir el ejercicio es indispensable, el truco es practicar y practicar más.

Esas 200 horas bajo el agua fortalecieron mis habilidades como buzo, me enseñaron a respirar mejor, a controlar mi flotabilidad, a tener tranquilidad para resolver problemas en las profundidades, paciencia infinita para esperar a los peces o las situaciones, coraje para enfrentar fuertes corrientes y aprender a disfrutar cuando decides dejarte llevar por ellas.

Aproveché para estudiar y certificarme. El destino me presentó al mejor primo y anfitrión, Jimmy Ganoza, un viajero e instructor de buceo como pocos y al cuál estoy muy agradecida. Con él me certifiqué con dos especialidades en Filipinas: Sidemount, un buceo con monturas laterales, especial para buceo en cuevas y naufragios y un especialidad en Nitrox, una mezcla de nitrógeno enriquecida con oxígeno que te permite estar más tiempo bajo el agua. El tiempo es importante para hacer fotos.

Como fotógrafa submarina he tenido una gran evolución y soy consciente que me falta mucho pero estoy haciendo mi tarea. Puedo decir que domino mejor la luz bajo el agua. Comparo mis fotos del inicio y el final del viaje y noto una diferencia de la que estoy orgullosa. He tenido la oportunidad de ser parte de una competencia de fotografía submarina y ver a profesionales trabajar en las profundidades con cámaras que parecían naves subespaciales, fue muy enriquecedor. Aprender cómo se movían en ese mundo sin gravedad, qué encuadraban, cómo lo hacían, a qué distancia, cuál era el resultado en cámara, qué elementos de la imagen trabajaban en la computadora. Me convertí en una esponja.

 

Conocí el tipo de foto que quiero llegar a hacer y a gente que vive viajando por el mundo registrando mares. Aproveché todos sus conocimientos, los bombardeé de preguntas, aprendí y reconfirmé que estoy en el inicio del camino pero que la meta es posible.

7.Mejor viajera: De los errores se aprende. En este viaje he cometido hartos errores de viajera y lo más importante he conocido viajeros que llevan mucho tiempo en la ruta y he apuntado sus trucos.

Mi error número uno y el que más me ha pesado (literal) es llevar demasiado peso en la mochila. Una de 20kg de ropa y equipos de buceo y la otra de 18kg en equipos fotográficos. He querido muchas veces regalar todo.

Una vez escuché de una pareja de viajeros argentinos que cuando visitaron los Uros, islas de totora que flotan en el Lago Titicaca (Perú) se hospedaron con una familia que les dio una gran lección: les explicó lo indispensable que es tener pocas cosas para poder flotar.

A viajar ligero, señores.

8. Idiomas: Mejoré mi nivel de inglés, durante un año fue mi idioma principal, hasta chistes te hago. Trabajé en Tailandia y Filipinas en escuelas de buceo francesas así que entiendo algo de francés y el briefing de un buceo lo entiendo completo si no se olvidan de hacer las mímica.

Te digo cinco palabras en bahasa, dos en burmés y unas 10 en tagalog.

Y ahora sé que hay muchas palabras que entiendo en Filipinas. Ese país fue colonia española -como nosotros los peruanos- y compartimos costumbres y algunas palabras en español, sobretodo en la cocina. Cuchillo, cuchara, taza, tenedor y similares cómo ¿kamusta, guapo? que no es de cocina pero tal vez te sirve para comer 😉

9. La gente te quiere ayudar: Recuperé mi cámara submarina gracias a muchos de ustedes y he tenido ángeles todo el camino. Alguno no tenía idea que me estaban salvando. Hombres y mujeres que no han dudado en darme una mano.  

No tengan miedo, siempre caminen con precaución pero afuera hay más gente buena que mala.

10. Agradecer y agradecernos: Última pero muy importante: AGRADECER. Por las cosas buenas y malas que nos pasan, por las decisiones que tomamos, por los miedos que vencemos y las lecciones que recibimos. Siempre gracias.

Gracias sobretodo a todos ustedes por viajar conmigo y ojalá que este año sea solo el inicio de un aprendizaje interminable.

Buena mar para todos <3 Viajen

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